miércoles, 28 de septiembre de 2011

El Carlismo y la estupidez del separatismo

Porque los nacionalismos regionalistas son la consecuencia de dos cosas; de una desazón psicológica y de un positivismo ideológico.

La desazón psicológica apareció cuando la derrota del Carlismo hizo presentar como sola manera de defender las personalidades regionales, separar la causa foral (que es variedad) de la legitimidad monárquica (que es la unidad precisa). Con lo que se rompió el maravilloso equilibrio de las Españas verdaderas y las energías de la dispersión aspiraron a quebrar la unidad española desde el momento en que dejaron de frenarlas las fuerzas de la cohesión de la realeza.

El positivismo ideológico nació cuando fue necesario dar raíz a semejantes posturas destructoras. Ayudó la moda sutil del tiempo y ayudó la negación de la historia de las doctrinas liberales. Búsquese construir las realidades fuera de la historia, apelando a los criterios inmediatos de la raza o de la geografía, asumidos de un modo directo y no tomados a través de su influjo en la historia, de la cual se quiso renegar. Fue la hora de la raza "baska" o de "los hechos diferenciales catalanes" donde se acoge a los datos físicos en su eficacia inmediata, sin ponderarlos en su dimensión histórica de repercusiones seculares.

Pudimos los carlistas ser en una pieza españolísimos y regionalistas porque nunca caímos en equívocos tales. Afirmamos la plenitud de la historia política y la recogímos en su realidad perfecta, sin despeñarnos en el positivismo que desdeña la tradición que es historia acumulada, ni romper el equilibrio justo que sujeta la variedad fecunda a la unidad de la realeza.

Fueros y Monarquía eran los dos pilares, en los que asentamos sólidamente la vigencia de una Tradición que quisimos continuar a la española, sin copiar las sucesivas modas europeas de absolutismos y liberalismos. Por eso pudimos pensar, coincidiendo con ello con cierta aguda mente también españolísima, que los nacionalismos son una estupidez. Dios quiera que la hora presente del afan europeizante no nos haga renegar de nuevo de la Tradición y tropezemos en esa otra estupidez en boga que es sacrificar la Historia viva en los altares de la Técnica quimérica.

Francisco Elías de Tejada. Carlismo y separatismo. El Pensamiento Navarro, 26 de enero de 1971

La Tradición y la verdad contra el nacionalismo y la mentira



Historias ocultadas del nacionalismo catalán, de Javier Barraycoa

11 de Setembre de 1714: Déu, Patria, Furs, Rei

sábado, 24 de septiembre de 2011

Los frutos amargos del liberalismo: una mirada tradicionalista a la cuestión social del S. XIX

Del semanario tradicionalista españolLa Reconquista”(4 de abril de 1872)

“El obrero de la fábrica, verdadero esclavo convertido por el liberalismo en una máquina, buena sólo para producir, pero indigna de todo cuidado moral; ese obrero a quien se encierra en una especie de lóbrega cueva, donde ni penetra apenas la luz del sol, ni el aire de los campos; ese obrero a quien no se le deja ni tiempo para pensar en Dios, ni descanso par que repose en el seno de su familia y dirija una mirada a sus hijos; ese obrero que al salir de su prisión llevando aún los pulmones llenos de nauseabunda atmósfera de la fábrica, y los ojos fatigados por la luz artificial, y los oídos estremeciéndose todavía con el atronador y monótono chirrido de las máquinas, se encuentra en medio del alegre bullicio de una gran ciudad y ve pasar a su lado un sibarita cuya fortuna sabe que está formada con bienes que arrebató a la Iglesia o que ganó en el juego de la política, el más inmoral de todos los juegos; ese obrero que al volver a su casa, si por acaso es tan venturoso que la tiene, ve por todas partes el refinamiento de una civilización sensual y materialista; ve palacios suntuosos en las calles, manjares delicadísimos en las fondas, molicie y afeminación en todas partes; ese obrero a quien le han enseñado que el clero es su enemigo y la Iglesia su verdugo arrancándole así el sentimiento de la religión, único asilo de paz y dulce sosiego en donde podía encontrar inagotables consuelos y fortaleza inextinguible, ese obrero escucha una voz que le promete hacerle dueño de toda esa riqueza material, única riqueza que él conoce y que ve una mano que le señala como suyos todos esos brutales goces del cuerpo, únicos goces a que le han enseñado a aspirar, ¿cómo no ha de abrir sus oídos a esa voz, y cómo no ha de estrechar con febril afán esa mano?”

Ramón Nocedal y Romea. Discurso en el Congreso el 15 de mayo de 1892. (Pág. 293 del tomo II de las Obras Completas)

Lo que he dicho, y repito, es que el socialismo, que la anarquía, que el comunismo, todas las ideas más horribles, más absurdas que se puedan imaginar, son consecuencias lógicas y necesarias de los principios liberales; y que los anarquistas no hacen más que seguir la conducta que les han enseñado y que han seguido, y que recientemente han enaltecido aquí los partidos liberales
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Tradicionalismo y proletariado

viernes, 23 de septiembre de 2011

Tradición catalana, catalanismo y carlismo. Intervención del profesor Miguel Ayuso Torres

Magnífico programa de Juan Manuel de Prada Lágrimas en la Lluvia, sobre el aniversario de la Diada de Cataluña; con una contundente intervención del profesor Miguel Ayuso Torres sobre la inexistente conexión entre la Tradición catalana y el nacionalismo catalanista.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Marià Vayreda: Carlí per "un intens amor a les coses de casa"

“Amb semblants disposicions, se comprèn que les doctrines proclamades per l´Aparisi i sa escola venien a omplir un buit de mon esperit, i la carta, programa de D. Carlos a son germà, seguida del decret de restauració dels Furs havia d´aparèixer a mos ulls com lo verb de la nova idea. Era la doctrina regionalista que em... seduïa. Encara que no la comprenia pas bé, portat per un intens amor a les coses de casa, presentia la reconstitució de la nostra antiga nacionalitat i la resurrecció d´una federació espanyola com a única reparació de punyents injustícies i desastrosos errors polítics. Així concebia jo el carlisme, i així vaig acceptar-lo”.

Marià Vayreda, Records de la Darrera Carlinada, 1898.

jueves, 15 de septiembre de 2011

La configuración de Las Españas áureas: Tradición frente a nacionalismo

Moneda acuñada en Dola, Franco-Condado hispánico. Reinado de Felipe IV, Conde de Borgoña. A pesar de las particularidades lingüísticas (su lengua era la francesa) y geográficas (su lejanía de la Península) los borgoñones fueron un leal pueblo de las Españas, algo imposible de entender desde las trasnochadas perspectivas del nacionalismo, el constitucionalismo o el estatalismo.

No es dable entender la historia de las Españas si nos empeñamos en juzgar la edad dorada en que fuimos bandera universal y poderosa con los criterios de nuestro siglo, ni mucho menos si nos empeñamos, como suele suceder por desgracia, en usar de las retrasadas perspectivas deciminónicas. Para calibrar la realidad de las Españas clásicas es necesario dar de lado a los estrechos conceptos de nacionalismo y abrir los ojos a los fecundos gérmenes del ideario tradicionalista.

El nacionalismo fue, en la historia de las ideas políticas, hijo del positivismo. En aras de repudiar aquel sentido de lo histórico, los positivistas, que ya redujeron el hombre a recortada biología, pretendieron postergar la historia a sencillo apéndice de la naturaleza. Saltóse desde la naturaleza a aquel saber nuevo bárbaramente llamado Sociología, buscando entender las conexiones humanas con uso exclusivo de los datos que la naturaleza aportó.(...)

Es la historia que perdura lo que caracteriza a los grupos humanos. Los rasgos físicos valen, sí, más no por sí mismos, ni inmediatamente; cuentan en la medida en que han sido capaces de incidir en el proceso histórico de un pueblo. La raza, la lengua o la geografía han servido para matizar un proceso humano secular, o sea, para caracterizar una Tradición. Y cuentan sólo en la proporción en que ayudaron al desenvolvimiento del proceso histórico que cuajó en la Tradición, pasado vivo, diferenciadora entre las gentes.

El orbe de las Españas no ha de ser mirado desde ese retrasado positivismo de las nacionalidades entendidas a lo positivista, sino desde el ángulo de un tradicionalismo que asuma las realidades del quehacer histórico. Porque las Españas fueron una Monarquía federativa y misionera, varia y católica, formada por un manojo de pueblos dotados de peculiaridades de toda especie, raciales, lingüísticas, políticas, jurídicas y culturales, pero, eso sí, todos unidos por dos lazos indestructibles: la fe en el mismo Dios y la fidelidad al mismo Rey. Tan cierto es esto que dos hechos aparecen con luminosidad cegadora a cualquier estudioso de nuestros años magnos: primero, la monarquía era tan varia que hasta en los títulos variaba, pues que no había Rey de España, sino rey de Castilla o de Nápoles, duque de Milán o del Brabante, señor de Vizcaya o de Kandi, marqués del Finale o de Oristán, conde de Barcelona o del Franco-Condado; segundo, cada una de estas arquitecturas políticas de las Españas supusieron la autonomía institucional y la libertad, autonomía y libertad perdidas por dichos pueblos desde Cerdeña al Artois o desde Flandes a Sicilia, cuando la fuerza de las armas --y quede claro que jamás la voluntad de los pueblos españolísimos siempre-- las hicieron salir de la confederación de las Españas.

Francisco Elías de Tejada. El Franco-Condado Hispánico. Ediciones Jurra, Sevilla 1975. Capítulo I Puntos de Partida. 1. Presupuestos doctrinales.

Historias ocultadas del nacionalismo catalán, de Javier Barraycoa

Son muchas las historias ocultadas por el nacionalismo catalán en los últimos 30 años. Éste libro recoge más de 200. Desde la financiación de Mussolini a Macià para «invadir» Cataluña, a los espías que el dictador italiano tenía en el Estat Catalá o el grupo paramilitar que pretendía la independencia de Cataluña. Pasando por el apoyo político y económico de destacados nacionalistas para que Franco ganara la Guerra Civil; los homenajes del Barça a Franco; el racismo permanente de destacados líderes nacionalistas, o cómo Salvador Dalí pasó los últimos meses de su vida escuchando una única pieza musical: el himno nacional de España.

Hay otras sobre la mitología inventada de la senyera o cómo los Mossos d’Esquadra eran originariamente «botiflers», sin olvidar que los «maulets» del siglo XVIII hablaban castellano, o que para un padre del catalanismo «el catalán era la única lengua que se hablaba en el mundo antes de la confusión de la Torre de Babel».

Historias ocultadas del nacionalismo catalán de Javier Barraycoa.

Javier Barraycoa en El Matiner:
La única conciencia del mundo
Un "Estado feliz" de control, corrupción y aborregamiento

martes, 13 de septiembre de 2011

El centralismo contra la nación y los pueblos. Los reyes legítimos en defensa de las libertades

El Rey defensor de todas las libertades

(En el primer texto histórico que a continuación transcribimos donde pone Madrid póngase cualquiera de las "capitales" de cualquiera de las artificiales y liberales "autonomías" nacidas del régimen ateo y antiespañol de 1978. El mero concepto de capitalidad estatal o autonómica no es más que un subrogado bastardizado de las antigua de la Corte que responde a una concepción de lo político diametralmente opuesto al enorme tesoro de la tradición política y jurídica de las Españas. El segundo texto, del Rey Carlos VII, deja claro las pretensiones perennes del carlismo en defensa de las libertades seculares de nuestros pueblos destruidas por el liberalismo)

Todos los intereses locales de la nación se negocian en la capital, o por dinero o por votos. Los pueblos no son dueños, ni de sus aguas, ni de sus edificios, ni de sus campos, y pueden decir a todas horas con Jeremías: Aquam nostra pecunia bibimus; lingua nostra pretio comparabimus. Si tienen sed, si tienen hambre, si carecen de vías de comunicación, la fuente, el hospital y el camino tienen que venir de Madrid; pero esto no viene nunca sin que los pueblos tengan que mandar antes atada de pies y manos su independencia política, adicionada las más de las veces con alguna otra cosa más tangible. Todos los resortes de la vida social y política vienen sometidos a la tiranía del expendiente, y por el expediente, agente principal de la centralización, se ha hecho a una nación sierva de la gleba de una sola ciudad.

El Cuartel Real, 24 de septiembre de 1874. Art. "Madrid". Boletín oficial del gobierno del Rey Carlos VII.


Hoy, que el Gobierno de Madrid ha realizado su obra de destrucción, yo, Rey y Señor de esas nobles provincias, debo recordar que recibí un juramento, que me han proclamado y que bajo el árbol sagrado de Guernica, como en las Juntas de Villafranca, juré guardar sus fueros, buenos usos y costumbres.

Los que creen que los fueros son contrarios a la unidad nacional se equivocan; nadie hay más español que yo; nadie desea más la unidad y vigor de la Patria; pero, por lo mismo, como custodio de los derechos de todos los españoles, alzo mi voz, y uniéndola a la del pueblo vasco oprimido y a la de los hombres de bien de España, protesto contra un decreto inicuo, contra un nuevo atentado de la Revolución a instituciones venerables consagradas por la ley y por los siglos.

El pueblo vascongado sabe que la Monarquía legítima ha sido su baluarte; la historia consigna la íntima unión que ha existido entre el pueblo vasco y los monarcas castellanos. (Carlos VII)

sábado, 10 de septiembre de 2011

Tradición y Patria. La sangre, el suelo y la memoria de lo vivido


Sin tradición no hay patria y los hombres sin patria viven en el mundo condenados al suplicio del Judío Errante; llevan consigo una espantosa maldición; son el grano de arena del desierto, que, abrasado por el simoun, se agita sin saber en donde parará y abrasa a su vez todo cuanto toca...

Buscad a uno cualquiera de los mil brazos de la revolución; no os intimide verle la piqueta demoledora. Habladle entonces, recordadle la casa en que nació, el árbol a cuyas ramas trepaba, el objeto piadoso que representa para él la memoria querida de una madre, la cruz que ganó su padre en un combate; en una palabra, todos los objetos ligados a su existencia, a la de su familia y cuando estos recuerdos disipen en su alma el veneno de la incredulidad, animadle a destruirlos.

-La casa podéis decirle, es vieja, no sirve para nada; el árbol estorba; la prenda de esa madre adorada no es más que una antigualla; todos esos objetos recuerdan un ayer de oscuridad, de retroceso; representan a la imaginación, el servilismo, la ignorancia.

-No, exclamará indignado vuestro interlocutor, en todo eso hay algo de los seres queridos de mi corazón; cada objeto me recuerda un dolor o una alegría de mi familia; sin eso nada me queda más que la realidad de mi pobreza.

Y si a pesar de sus palabras queréis destruir "su tradición", luchará desesperadamente contra vosotros. Pues bien; si respetable y querida es la tradición de un individuo, ¿qué no será la tradición de un pueblo, que constituye a todos los compatriotas en una familia, que les hace participes de sus glorias, que divide con ellos sus desdichas, y que dándoles una historia alcanza para ellos admiración y respeto del mundo entero?

Julio Nombela en La Bandera carlista.

Julio Nombela (Madrid, 1836 - ib. 1919), periodista, dramaturgo y novelista español. Secretario del General Cabrera y colaborador en numerosos diarios y revistas. En El Diario Español, del que fue redactor de 1856 a 1858, publicó sus primeras novelas por entregas. Títulos de algunas son El amor propio, La mujer muerta en vida (1861), La pasión de una reina (1862), El coche del diablo (1863), La mujer de los siete maridos (1867) y El vil metal (1876). Escribió infatigablemente; sus obras completas, editadas en 1914, llenaron 22 volúmenes.
Compuso también una Historia de la música (1860), Crónica de la provincia de Navarra (1868), Retratos a la pluma, y en Impresiones y recuerdos (1909-1912) refiere algunos detalles de la vida de Gustavo Adolfo Bécquer, de quien fue amigo.


El amor a la Patria es ese sentimiento indefinible que nos une al suelo que nos vió nacer, donde nuestra vida se desarrolla y donde esperamos y queremos que se abra nuestra tumba; es el amor al suelo donde viven las personas que nos son queridas dentro y fuera de la familia, donde descansan los huesos de nuestros padres, donde nacen esos seres que sólo a cada uno de nosotros es dado llamar con el nombre de nuestros hijos, donde habita esa familia inmensa a la que nos unen los vínculos del idioma, de la legislación, de las costumbres, de la historia, y como podía decirse hasta hace poco en España, los vínculos de una religión misma. Las glorias de la Patria son nuestras glorias; sus desgracias, son nuestras desgracias; y tratándose de la Patria es lícito tener orgullo y disculpar errores porque nos guía, no un egoismo personal, sino un egoismo generoso. La Patria tiene un valor que sólo comprende el infeliz proscrito que la llora perdida; tiene un valor tal, que aún los días de corrupción y decadencia, no pueden borrar aquella sentencia propia de edades viriles y heroicas: dulce et decorum est pro patria mori.

Guillermo Estrada y Villaverde, discurso en el Congreso de los Diputados 1 de julio de 1871.

Guillermo Estrada y Villaverde (Oviedo, 1834-ib. 1894) Catedrático, político y orador distinguido. cursó brillantemente la carrera de derecho en la Universidad de Oviedo, en la que ya su padre y sus abuelos habían ejercido el profesorado. Obtuvo por oposición con la mayor de las puntuaciones en 1860 la Cátedra de Derecho Canónico. Por su sabiduría, modestia y bondad ilimitadas, fue cordialmente querido y respetado tanto por los estudiantes como por los compañeros de claustro. Desde que en 1851 estudiaba Derecho político, tuvo el conocimiento de que en justicia la Corona de España pertenecía a la Dinastía de D. Carlos María Isidro de Borbón y abrazó las doctrinas legitimistas con todo su entusiasmo y también con el desinterés y la alteza de miras propios de un espíritu íntegro e insobornable. Desde 1853 publicó numerosos artículos, especialmente en la prensa ovetense, y en 1868 fundó el periódico La Unidad, que dirigió, defendiendo desde su columnas la causa del Duque de Madrid. Era entonces Doctor en Derecho, correspondiente de la Academia de Historia, magistrado suplente de la Audiencia territorial y había sido secretario del colegio de abogados y de las conferencias de San Vicente de Paúl hasta que éstas fueron suprimidas al triunfar la revolución de septiembre de 1868. Fue diputado en las Cortes de 1869-71 y en ellas defendió con arreglo a sus ideas, pero con la admiración de todos los sectores, los postulados políticos del Carlismo. En 1869 fue desposeído de la cátedra por negarse a jurar la Constitución aquel año promulgada. Presidente de la junta provincial católico-monárquica, fue designado por sus correligionarios para presidir la comisión que se trasladó a Vevey a ofrecer sus respetos al reclamante D. Carlos María de Borbón, con motivo del nacimiento de su hijo D. Jaime (27 de junio de 1870). El 2 de agosto de 1870, Estrada imponía en el pecho del recién nacido la Cruz de la Victoria, reconociéndole como Príncipe de Asturias. Durante laz paz conseguida por las armas carlistas en la tercera gyerra carlista (1872-76) fue Ministro de Gracia y Justicia del legítimo gobierno de Carlos VII. Tras la nueva violentación del orden legítimo por los liberales siguió siempre consecuente con sus ideas, lo que le acarreó serias amarguras y privaciones, pues hasta 1882 no fue repuesto en su cátedra.
Perteneció a la Sociedad Económica de Amigos del País y fue vicepresidente de la comisión provincial de monumentos. En 1893 dirigió Las Libertades, semanario tradicionalista en el que hizo reverdecer los triunfos de sus mejores años periodísticos. En las lecciones de cátedra y en sus numerosos discursos en la Universidad, Casino, Ateneo, Academia de Jurisprudencia y Círculos diversos, dio pruebas de su mucho saber, pero, aparte de esto y de sus artículos periodísticos, dejó muy poco publicado, pues los abundantes materiales que tenía escritos para su obra magna Historia del siglo XIX estaban inéditos cuando le sorprendió la muerte. Su obra mereció unánimes elogios, provenientes, entre otros, de las figuras de la intelectualidad asturiana de entonces (la mayoría opuestos políticamente a Estrada), como Clarín («primer cabeza de nuestra Universidad, poseedora de un método que no es frecuente entre los más eximios universitarios españoles del siglo XIX»), Palacio Valdés («el más científico de nuestros oradores») o Aramburu («varón verdaderamente eminente por lo sabio y por lo bueno»).

La Monarquía tradicional de Las Españas

Rey y Reinos

El ápice de la Hispanidad se puede decir que está en el reinado de Felipe II de España y I de Portugal. Congregando varios pueblos bajo su corona, Felipe sin embargo tenía la obligación de respetar las idiosincrasias, las tradiciones, privilegios y derechos de cada uno de sus reinos. A eso el historiador británico Sir John Elliott llamó monarquía compuesta [10], expresando así que lo que inspiraba este Imperio no era la centralización administrativa y la dominación de un pueblo sobre otro, sino la concepción de la hermandad entre todos los hombres y la cooperación entre ellos viviendo en una comunidad en que, resguardando sus legítimas libertades y tradiciones, se albergaban bajo un mismo rey, que era a su manera padre, juez y señor, protector, pastor de todos. Este rey no era absoluto, sino que estaba limitado por el derecho natural y por los pactos que expresaban las libertades de cada reino. De hecho, el Imperio portugués puede ser analizado como una federación de municipios, si tomamos en cuenta el poder de las Cámaras municipales y su autonomía. [...].

La idea de un rey que no es un dios ni divino, un rey limitado por la naturaleza de las cosas, limitado por el derecho natural y la justicia, limitado por las tradiciones y libertades establecidos por los pueblos: ese es el rey de la monarquía tradicional ibérica, ese es el rey portugués, ese es el rey de Las Españas. Ese es un rey que se adecuará a las idiosincrasias locales, posibilitando un Imperio en que conviven culturas de todo el mundo. Se trata de un régimen político radicalmente distinto tanto del absolutismo cuanto del liberalismo, se trata del régimen político que organiza la Hispanidad.

Nota: [10] Eliott, John. Una Europa de Monarquías Compuestas. En: España en Europa. València: Universitat de València,

Fuente: Alencar, F.L., Ruiz González, R. "¿Puede el cristianismo inspirar una cultura global? Una aproximación hacia la lusitanidad", [6. Rey y Reinos]. En: UNIV Forum Scientific Committee, Can Christianity Inspire a Global Culture? UNIV Forum 2010 Presentations / ¿Puede el cristianismo inspirar una cultura global? Comunicaciones Forum UNIV 2010, Universidad de Navarra, 2010. Pág. 43.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Tradicionalismo y proletariado

Aunque parezca craso error a primera vista, los proletarios de hoy son iguales a los esclavos del mundo romano desde el ángulo de la psicología porque unos y otros lo son por hallarse desligados de la vida colectiva, por no sentirse participes en el patrimonio espiritual de una Tradición. Nacidos fuera de la Tradición en el gran siglo demoledor que es el XIX, los obreros son proletarios en la medida en que no son tradicionalistas. En el siglo XVII de las Españas áureas, no había proletarios por idéntica razón a la que no hubo ricos, todos los hispanos entendían la teología de Plazuela de los autos sacramentales y todos comulgaban en la gesta anti-europea de sus reyes, esto es, eran parte de una tradición entrañablemente viva en una sociedad unida.

Fue el liberalismo alegre, despreocupado, racionalista, desarraigador, burgués, y volteriano quien dejó crecer sin riesgos de fe ni patriotismo, fuera de la sociedad, como si no fuesen humanos, los hombres de la selvática floresta proletaria. El proletariado no existiera con el tradicionalismo político, porque en nuestro sistema social cabían sin exclusión todos los hombres, cada uno célula de la gran historia. Fue, llaga envenenada de las desgarraduras liberales. Por ello la medicina para el drama soberbio del siglo XX, para la gangrena, de un núcleo social extraño a la sociedad de la que legalmente forma parte, está en rehacer, lo que el liberalismo destruyera, en restaurar el hilo actual de la vena tradicional, con aquel sistema social cristiano en el que, todos los hombres se sentían parte de un orden e integrados en membrada jerarquía, en dar a cada ser humano conciencia de su puesto en la humanidad, en hacerles sentir la magnitud de la propia Tradición.

Es lo que pienso contemplando, la Europa francesa desde las atalayas del castillo roquero de las Españas tradicionales.

Francisco Elías de Tejada. Tradicionalismo, catolicismo y proletariado. Revista SIEMPRE; Mayo 1968

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Hacia un Orden Social Cristiano: el marqués de La Tour du Pin

Las tres escuelas de economía, según el clásico de la contra-revolución, marqués de La Tour du Pin:

1) el que considera al hombre como una cosa - el liberalismo
2) el que considera al hombre como una bestia - el socialismo
3) el que considera al hombre como a un hermano - el corporativismo

La Tour du Pin, René.
"Hacia un Orden Social Cristiano"


Después de haber reconocido en el régimen corporativo el único sistema capaz de vencer la decadencia económica y moral, es preciso considerarlo también como eficaz remedio al objeto de sobrepujar la decadencia política entre la que se debate el mundo, pues ofrece una base novísima de reorganización social cuyo vértice es la posesión de estado obligatoria para todos los elementos de la producción, fundamento básico de una cabal representación de los intereses.

Es postulado elemental que para hacer conservador al pueblo precisa darle algo a conservar. Ahora bien, es exactamente lo contrario de lo que hizo el liberalismo al suprimir las organizaciones sociales donde cada uno tenía algún derecho propio y un porvenir asegurado. Desde ese tiempo, el descontento es permanente y las revoluciones crónicas, pues no cabe sustentar un Estado político durable sobre un Estado social inestable, tanto más cuanto el primero no es sino la cúpula del edificio formado por la sociedad dentro de los límites de la nación. En otro lugar de estas notas hemos insistido sobre la diferencia fundamental entre Estado y sociedad; ahora es preciso considerar la conexión existente entre dichos dos organismos. El Estado existe únicamente para garantizar la conservación de la sociedad, pero si esta sociedad se halla perturbada, si sus miembros, lejos de tender a perpetuarla, trafican para destruirla, la misión del Estado se hace de imposible cumplimiento, y el pueblo que tiene su vista puesta en él, por ser como la forma externa de la sociedad, le toma odio, y confundiéndole con este no tiene otro afán sino su destrucción total.

Este es el resultado obtenido por la práctica del liberalismo desde que hace un siglo empezó a gobernar los antiguos Estados de la cristiandad. El descontento popular crece en sentido inverso a las promesas y en directa relación de los progresos anunciados. Todas las bellas frases y ditirámbicos conceptos no pueden impedir la constatación de este hecho histórico, ni retardar la evolución social, que pasar del mundo de la anarquía liberal al despotismo socialista, porque estos son dos períodos de una misma enfermedad que avanza entre crisis alternativas y oleadas intermitentes. El liberalismo ha engendrado al socialismo como consecuencia ineludible de sus doctrinas y reacción obligada de sus prácticas. La evolución se halla en período mucho allá adelantado de lo que se cree y no se trata ya de detenerla en su primera fase, sino en un período álgido de la segunda.

El régimen corporativo tornado como base de la reorganización social, no ocupa, ni mucho menos, una posición intermedia entre ambas doctrinas, como se ha dicho con notoria ligereza, porque nada tiene del uno o del otro, ni en los principios ni en sus formas. Tampoco representa un socialismo cristiano, porque el ensamblaje de estas dos palabras es un contrasentido manifiesto, sino un cristianismo social y, dicho sin pleonasmo, el verdadero cristianismo. Por encarnar, en lugar de los principios de la revolución, los del cristianismo, contiene en germen la salvación social, pudiendo decir que, únicamente, por deducción de las doctrinas de la Iglesia, hemos llegado a reconocer las excelencias del sistema. Mas para que este germen adquiera su pleno desenvolvimiento, es preciso que su aplicación sea lo más completa posible, haciéndole fructificar, no sólo en los variados campos del trabajo manual sino en todos los ámbitos de la actividad económica, porque contiene el único elemento verdaderamente conservador de un orden popular en su base, y aristocrático en la cumbre: es decir, el orden natural.

lunes, 5 de septiembre de 2011

El régimen político-social de la libertad y de la justicia: El régimen de Cristiandad

Por Mendo Crisóstomo

Nunca el ser humano gozó de tanta libertad y bienestar efectivos como durante el Régimen de Cristiandad; incluso el importante teórico anarquista Kropotkin (1), que nada tenía de católico, no tuvo más remedio que afirmar tajantemente que cuanto más investigaba, más claro le quedaba que el trabajador y el artesano jamás habían tenido iguales niveles de dicha y bienestar que los que tuvieron en la Civitas Christiana.

¿Dónde tiene su origen tal régimen de Cristiandad? En la aplicación práctica de unos principios basados en la observación natural de la realidad por parte de teóricos como Isócrates o Aristóteles y perfeccionados por la doctrina cristiana gracias la labor de sistematización operada por los Padres de la Iglesia, que, continuando la labor de los Apóstoles, buscan construir lo que llama San Agustín Civitas Dei (“la Ciudad de Dios”).

Éstos liman algunos defectos propios de teorizaciones y aplicaciones prácticas de los paganos y asumen y perfeccionan, en cambio, los elementos enderezados a construir una sociedad desde su base, con una brillante organización de los cuerpos intermedios de la sociedad.

Posteriormente, Santo Tomás de Aquino hizo un pequeño resumen teórico en su obra De Regimine Principum.

Pero, ¡atención! esta obra no teoriza sobre ninguna utopía, como hacen los ideólogos, que hablan de “cambiar el mundo” e inventan mundos ficticios en sus obras políticas y, sin embargo, a la postre, siempre y en todo lugar se han demostrado fracasados y traicioneros en la práctica, por no basarse en la realidad sino en especulaciones mentales ficticias.

Santo Tomás de Aquino, en cambio, al escribir esa obra, no hacía más que constatar una realidad, como fruto de la observación; aunque es cierto que esa realidad se llevará a cabo de manera aún más perfecta posteriormente: en Las Españas.

En el Régimen de Cristiandad, la sociedad se ordena, pues, a la manera natural; es decir, respetando el principio de subsidiariedad, estructurando el cuerpo social en entidades sociales que gozan de autarquía y autonomía propias, reguladas por los fueros, que refuerzan las verdaderas libertades de los individuos, con independencia de la autoridad política central.

Los diferentes cuerpos sociales se rigen a sí mismos por representantes elegidos libre y directamente por los miembros de cada uno de los gremios e instituciones sociales, y no con representación puramente subjetiva y mandato artificial representativo, como sucede en el liberalismo, sino con representación objetiva y mandato imperativo:

En la Civitas Christiana, que no es ninguna utopía ideológica sino un régimen que verdaderamente existió y fue eficaz, el poder central está limitado por la autoridad de la Tradición, mediante un triple sistema:

1) Ético (por la ley natural).

2) Jurídico-foral (por principio de subsidiariedad, imposiciones de los cuerpos sociales).

3) Jurídico constitucional (que son las limitaciones legales que el pueblo –y no una comisión de políticos– haya querido imponer e imponga al poder central en el ejercicio de la soberanía política).

Éste es el único sistema que ha funcionado.

Un modelo de este tipo es imposible que derive al totalitarismo o al absolutismo, puesto que el poder supremo o soberanía política está limitado y controlado por un sistema de triple control, más potente y decisivo que el de la supuesta división de poderes.

A lo largo de los siglos, desde el Bajo Imperio Romano hasta la Baja Edad Media, esta realidad, que habían reconocido incluso teóricos ya revolucionarios como Kropotkin ―o el propio judío llamado Karl Marx (2)―, se va perfeccionando en todo el continente europeo:

Se respeta el principio de subsidiariedad, el poder económico se halla absolutamente al servicio del poder social y político y, por último, la potestad se encuentra dividida en soberanía social y soberanía política.

Están limitadas una por la otra y ambas, a su vez, limitadas por la autoridad de la Ley Natural, la autoridad de las tradiciones consuetudinarias y la de la Tradición Católica.

Tal ordenamiento político-social tuvo su escenario más logrado en Las Españas, que consiguientemente nunca se llamaron a sí mismas “Imperio Español” como erróneamente quieren hacer ver las leyendas románticas y las deformaciones históricas del Sistema; ese conjunto de Las Españas fue destruido por invenciones teóricas y tiránicas como el nacionalismo español o los nacionalismos periféricos (fundamentalmente los antihistóricos vasco y catalán), fanáticos defensores del Estado.

Y, actualmente, el Antiguo Régimen de Las Españas continúa siendo calumniado con numerosas mentiras y leyendas negras, como si hubiese sido un sistema cuasi-totalitario donde el pueblo vivía esclavizado por el rey, la nobleza y la Iglesia.

En efecto, al llegar el Cristianismo, las libertades civiles comienzan a la sazón a cobrar vida y vigor a través de una participación real, basada en organismos naturales que se articulan en una sociedad conforme a normas consuetudinarias que surgen progresivamente y tomando como punto de partida siempre lo anterior, y siempre sin reñir con los preceptos evangélicos de Jesucristo y de la ley natural.

No había un “Estado” en el sentido moderno del término (3).

No existía el Estado, esa gran bestia que engatusa a los tontos, a los incautos y a los frívolos con su palabrería, con su “pan y circo” y que, en la práctica, tiraniza a la sociedad negándole su libertad natural para acapararla en manos de una oligarquía plutocrática.

Notas:

(1) KROPOTKIN, P., El apoyo mutuo. Un factor de la evolución, Madrid, 1978.

(2) Pseudónimo de Ysidor Mardochai Levy.

(3) Y por tanto, por ejemplo, no se pagaban impuestos.

Tomado de IOTA UNUM Blog antimodernista y antisistema