sábado, 31 de julio de 2010

¿Intelectuales de la ACdP?

La Asociación Católica de Propagandistas (en adelante ACdP), que en otro tiempo se adornó del calificativo de «nacional», ha organizado en el Seminario diocesano del Monte Corbán, en Santander, un curso de verano bajo el título «Intelectuales en la historia de la ACdP». El título, para empezar, resulta más bien desacertado (por lo de «intelectuales») y equívoco. ¿Son los intelectuales que han pesado en el origen y desenvolvimiento de esa Asociación? ¿Son los que ésta toma como punto de referencia doctrinal y práctico? Como —que sepamos— no se ha explicado, la intención sólo puede ser indagada a partir de hechos exteriores y a través de un proceso lógico de inducción.

Veamos, en primer término, si el programa puede servirnos de algo en el discernimiento. Se dedicaron dos mesas a los «Referentes culturales de la tradición católica española y de la ACdP». Que no es de mucha ayuda, más allá de la cursilería de los «referentes», pues se yuxtaponen la tradición católica española y la ACdP. ¿Es que se quiere sugerir que son lo mismo? ¿O que, por lo menos, son los mismos? Sigamos, a continuación, con esos «intelectuales» que son los «referentes» de la tradición católica española y de la ACdP.

En la primera mesa encontramos a Balmes, Donoso y Vázquez de Mella. Vaya. Parece —extrememos las cautelas— que (los intelectuales) son los mismos y que (la tradición católica española y la ACdP) son lo mismo. Nada tenemos que decir de los gustos y aficiones de los fundadores y sucesores de la Asociación. Otra cosa son las conexiones objetivas de su pensamiento. Balmes, sin duda, debió serles el más cercano. Con Menéndez Pelayo, por cierto significativamente ausente de las mesas de los «referentes», aunque se le asigne en el curso una sesión especial, cuando (para la ACdP) lo fue en mayor medida que los citados. La cercanía de ambos viene precisamente, en cambio, de la actitud «moderada» que alcanzaron en su madurez, esto es, de su alejamiento práctico (y quizá no sólo práctico) de la tradición política española, que es el tradicionalismo político y, singularmente, el Carlismo. Eso es lo que explica, por ejemplo, las graves reservas que Francisco Canals y Francisco Elías de Tejada —ambos maestros de la tradición política española en días no alejados de los nuestros— les levantaron. Donoso y Mella, por el contrario, no pueden ser más distantes a los prohombres de la Asociación. Ambos participan de una teología de la política (excúsesenos de no usar el término «teología política» por sus ambigüedades) que es el orden político católico, frente al modernismo social de la indiferencia religiosa de las formas de gobierno. De nuevo Francisco Canals, ahora también con Rafael Gambra, y seguimos con maestros de la tradición política católica, lo han observado por activa y pasiva, desligándose de todo posibilismo malminorista y de todo colaboracionismo propagandista Recuérdese, a este respecto, que «propagar e influir» es el lema de la ACdP, pues la bondad o malicia de un régimen depende sólo de la actuación moral de sus representantes, por lo que la misión de los católicos no será otra que la de colaborar honradamente con ellos.

La segunda mesa se las ve con Ramiro de Maeztu y Acción Española, con Eugenio d’Ors y con Chesterton y Belloc. La perplejidad crece… Parece que nos hallamos frente a pura confusión o mistificación. La mención de d’Ors roza la extravagancia. Acción Española, junto con el Carlismo, representa durante la II República el signo opuesto al de la ACdP: es bien sabido en lo que a Eugenio Vegas o Víctor Pradera (pese a un librito sin fundamento de cercana data) toca; pero no lo es menos respecto de Maeztu. La inclusión en el elenco de Chesterton y Belloc, finalmente, autores a no dudarlo bien interesantes, y cuya convergencia en algunos puntos con la tradición política española cabe sostener, pese a la diversidad de contexto que dificulta cualquier parangón, sólo puede entenderse como una trasposición ante litteram de la operación hoy en marcha por algunos de los tentáculos culturales de la Asociación y a la que se ha referido Miguel Ayuso en su denuncia de «un chestertonismo muy poco chestertoniano».

En resumen, el curso de verano que origina este apunte exhibe dos errores entrecruzados. En primer lugar, se juega con la ambigüedad de la relación de la ACdP con la tradición política española, que en verdad es de oposición aunque se presente como de cercanía o se sugiera incluso de identidad. Los maestros de aquélla no están en ésta. Que los busquen donde pueden hallarlos, esto es, en los predios del liberalismo católico y la democracia cristiana. También Ayuso ha escrito en su libro sobre La constitución cristiana de los Estados (Scire, Barcelona, 2008) que «los principales influjos doctrinales y prácticos que han marcado la vida del tradicionalismo en la segunda mitad del novecientos, como Eugenio Vegas y su estela de la revista madrileña Verbo, o Francisco Canals con la barcelonesa Cristiandad, o la Comunión Tradicionalista con pensadores como Rafael Gambra o Elías de Tejada, coincidieron siempre no sólo en la defensa de la unidad católica de España sino también en el rechazo de la postura liberal-católica y demócrata-cristiana, ejemplificada en su día en la figura de Ángel Herrera y su asociación de propagandistas, pero andando el tiempo no menos en los “institutos seculares” (cualquiera que sea la forma jurídica en que han fraguado) o en los “movimientos” que han vivido su momento de éxito tras la demolición de las estructuras eclesiásticas de resultas del II Concilio Vaticano». «El correr del tiempo —continúa— ha agravado, es cierto, la situación de lo que queda de la civilización cristiana, de modo que muchos pueden verse por lo mismo tentados de acudir a taponar las brechas que parecieran más urgentes en compañías que se dirían las más aptas para la misión. Sin reparar que esas brechas se han producido precisamente en buena medida por no haber atajado, antes al contrario, por haber secundado, las doctrinas y las políticas opuestas a la Tradición española. Y que ésta no se concibe sin la unidad católica. Álvaro d’Ors lo dijo: “Nuestro pensamiento tradicionalista, si abandonara su propios principios y abundara en esa interpretación absolutista de la libertad religiosa, incurriría en la más grave contradicción, pues la primera exigencia de su ideario —Dios, Patria, Rey— es precisamente el de la unidad católica de España, de la que depende todo lo demás”». En segundo término, y aquí radica la clave, con un proceder como el que está detrás del curso de verano de marras se fagocitan toda suerte de escuelas de pensamiento y de obras venerables que pasan a ser dependientes de la ubre inagotable. La ACdP, que ha pasado por variadas vicisitudes, y que últimamente ha sido colonizada por diversos grupos a quienes interesa dejar en penumbra las fuentes doctrinales y espirituales (por rechazables que sean para quien esto escribe) que pudieron obrar en su origen y evolución, a fin de sustituirlas por las de su preferencia, se han lanzado coherentemente a copar el primer plano de acción cultural y política de los católicos. Son muy libres. Como nosotros de recordar lo penosa que resulta la legión de comparsas (algunos provenientes, o así, del campo de la tradición política católica) que les acompañan.

M. Anaut

miércoles, 28 de julio de 2010

Lo heroico, lo trágico y lo guerrero en la tauromaquia.

(Histórica plaza de toros Monumental de Barcelona)

La redacción de El Matiner no es aficionada al arte de las corridas de toros. Sin embargo la reciente prohibición de dicho arte por la falsa e ilegítima Generalitat anticatalana, nacionalsocialista y al servicio del mal común nos obliga en conciencia a denunciar:

1. El arte de las corridas de toros es un arte esencialmente catalán. El toreo a pie se inició en la Corona de Aragón antes que en Castilla. Su prohibición es un atentado cruel a la identidad y a las tradiciones catalanas.

2. Todos los argumentos antitaurinos están viciados de inicio por la aberración de situar a los animales a la misma altura que al hombre, algo radicalmente falso desde el punto de vista zoológico como teológico (el hombre es "rey de la creación"). Además en la práctica esta equiparación es teórica, pues en la actualidad el hombre recibe un trato mucho más vejatorio, especialmente con el abominable crimen abortista, que los animales. Especialmente el toro bravo recibe un trato mucho más privilegiado que cualquier animal salvaje o en cautividad.

3. Esta casta política anticatalana solo ha sido movida por el intento de romper cualquier vínculo de unidad cultural con el resto de las Españas (el arte de las corridas de toros es común a casi todas las Españas, pero no a su totalidad), aunque para ello haya tenido que acabar con un símbolo tan claro e importante de catalanidad. La "libertad de voto" ha sido una enorme farsa, libertad que no conceden los partidos en temas mucho más graves. En plena crisis económica se van a terminar con 200 empleos directos y más de 500 indirectos que crea la Plaza de Toros Monumental de Barcelona, una de las más importantes del mundo. En el colmo del cinísmo no han rechazado los correbous donde en muchos casos, debido a la falta de orden y reglamentación que sí están presentes en el arte de las corridas de toros, el toro sí que sufre auténticas vejaciones.

Para comprender el sentido auténtico del arte de las corridas de toros publicamos muy complacidos una colaboración de un correligionario carlista, catalán y aficionado al arte.


LO HEROICO, LO TRÁGICO Y LO GUERRERO EN LA TAUROMAQUIA

«Los toros son la fiesta más culta que hay en el mundo»
Federico García Lorca

«Si nuestro teatro tuviese el temblor de las fiestas de toros, sería magnífico. Si hubiese sabido transportar esa violencia estética, sería un teatro heroico como La Iliada... Una corrida de toros es algo muy hermoso»
Ramón María del Valle-Inclán

Desde el punto de vista natural existe la certeza absoluta de la muerte como fin necesario de la vida. El sociólogo catalán Javier Barryacoa en su magnífico ensayo "Tiempo muerto" ha recordado como un filósofo a medio camino entre lo moderno y lo postmoderno como Heidegger ya señalaba, en línea con un pensamiento clásico, que una de las diferencias esenciales del hombres respecto del resto de los animales es que el hombre tiene conciencia de su propia muerte. Pero distinguir entre el hombre y otros animales se ha vuelto ofensivo en nuestro tiempo.

Las paradojas del devenir moderno hacen coexistir los mayores ataques a la vida humana (aborto, eutanasia, drogas, terrorismo, explotación, etc...) con un desenfocado cuestionamiento de las tradiciones en las que se produce la muerte de los animales. Y en el fondo late la paradoja postmoderna: el hombre decadente postmoderno está preso de la angustia por conciliar el progreso colectivo con la decrepitud individual, lo que se acompaña de fenómenos tan sorprendentes como la creación de cementerios de mascotas y la tendencia a eliminar los cementerios humanos por la creciente moda de la incineración. El hombre pretende dejar de ser mortal al haber iniciado una deconstrucción de los símbolos de la muerte; una extraña forma de buscar la inmortalidad. En este contexto cualquier aliento de trascendencia, heroicidad o tragedia choca con las paradojas presentes, lo que explica en gran medida el desenfoque con que se trata la tauromaquia.

Sin lugar a dudas en el carácter heroico del toreo reside la mayor dignidad de la fiesta. El torero en la lidia justifica el inmenso acervo natural y ecológico que supone la cría del toro bravo; bella especie endémica y autóctonamente española cuya preservación depende del toreo. Con su arte despierta los sentimientos y sensibilidades más recónditos. Pero es por el carácter cruento del espectáculo, en un enfrentamiento directo entre el hombre y la bestia, por lo que la emoción traspasa su carácter meramente estético para generar un sentimiento que nos reencuentra con la principal certeza de lo que nos rodea: la muerte como fin necesario de la vida. Y el torero, siendo consciente de esta realidad inmanente se enfrenta a cada pase con la muerte, intenta dominar la bravura natural del toro con su arte y nos reencuentra con lo trascendente.

Y es que la fiesta de los toros está inequívocamente unida a la trascendencia, idea esta que tanto parece doler a la sociedad decadente que nos circunda. Los ritos y gestos formales son patrimonio del arte y la vergüenza torera. El primer rezo, como si de maitines tardíos se tratara, es al filo del mediodía. La habitación donde el torero se viste se transforma en una pequeña Catedral donde el mozo de espadas hace las veces de sacristán. Se disponen dos altares: uno con las imágenes por las que siente devoción el maestro y en el otro la silla ya hecha con el traje de luces. Rodilla en tierra clama al cielo con sus plegarias, mientras se procede a vestir con su luminosa mortaja. El torero se desposa con la muerte cuando toma la determinación de desarrollar esta profesión, y lejos de unirse a ella con temeridad o riesgo injustificable se pone en manos de Dios y a Él pide suerte. Al pasar el umbral del portón de entrada y con carácter preferente al de cualquier otra cuestión es de recibo la visita a la Capilla. Cuando los alguacilillos despejan la plaza y desde el portón de cuadrillas se abre el paseíllo el matador se sumerge en su intimidad, alza la mano y desea a sus compañeros "que Dios reparta suerte"... Se suceden un sinfin de persignaciones.

José Gomarusa en su Carta apologética de las funciones de toros de 1793 desecha con severidad la insinuación de que las corridas de toros procedan del circo romano y sitúa su origen en las «necesidad de templar el ánimo militar», explicación común a apologistas previos y contemporáneos. Esa nobleza guerrera y artística que se mostraba en las pinturas rupestres de las cuevas de Altamira y en los símbolos tauricos de la Legio VIII Hispana, se conecta hace seis mil años en Creta, radiante cuna de la civilización pre-helénica, donde se celebraba el culto al toro con ejercicios taurinos. En Tesalia, las tauro-catapsias eran análogas a la tienta hispánica y a la ferrade de la Camarga, en tierras occitanos. Y así hasta que el Papa Clemente VIII reconoce que las corridas son una escuela de valor, y que pertenecen al patrimonio de España.

Ese carácter guerrero y heroico, traspasado por lo trágico, reside la esencial legitimidad moral de la Fiesta. En ese reencuentro y llamada continúa con la muerte el hombre se reencuentra con la vida, porque al dar muletazos a la muerte la misma se afronta con naturalidad, no escamoteándola ni ignorándola, preparándose debidamente con la invocación a Dios si sucede el hecho del fatal desenlace. Esta actitud encierra uno de los mayores misterios de la tauromaquia. ¿Qué hace a un hombre sobreponerse de una herida de veinte centímetros, atarse un rudimentario torniquete, y volverse a enfrentar a un toro mucho más pesado y mucho más rápido que él y que sigue contando con unas mortales defensas? ¿Qué hace a un hombre tener la sangre fría de templar a la bestia y dirigirla a su antojo? Recientemente el afamado y prestigioso veterinario Juan Carlos Illera tras cinco años de exhaustivo trabajo ha demostrado científicamente como la betaendorfina -hormona que segrega el organismo del toro- bloquea los receptores del dolor hasta que llega un momento en que el sufrimiento del toro puede llegar a ser casi nulo. Pero lo más llamativo es que el estudio, realizado desde un afán totalmente ajeno a cualquier interés promocional de la tauromaquia, ha suscitado el interés de la comunidad médica: «Los cirujanos de una plaza de toros nos comentaron el año pasado que era más que posible que la misma reacción hormonal que tenían los toros ante el dolor la tuviesen los toreros. El vídeo con el que los cirujanos trataron de probar esta teoría mostraba cómo un diestro había conseguido acabar la corrida con el puyazo de un toro en el pecho. La cornada había sido tan brutal que cuando le abrieron la chaquetilla en la enfermería, la piel se separó dejando ver el movimiento de los pulmones. Además le cosieron sin ningún tipo de anestesia, porque así lo pidió él, y sin que su cara mostrase el más mínimo signo de dolor».

Lo que subyace en cualquier crítica al arte de la tauromaquia en una visión distorsionada del orden natural. El igualitarismo liberal de la revolución francesa impuso un intento utópico de igualdad entre los hombres mediante la guillotina, intentando igualar a todos a la baja. El fervor de estas ideas sigue vigente y avanzado y hoy nos quieren animalizar, igualándonos a las bestias. Quieren degradar al hombre privándole de ser rey de la creación. Y la actual mentalidad postmoderna no puede soportar que el respeto y la sinceridad ante el hecho implacable de la muerte esté revestido de tal fuerza heroica y estética. Por el contrario la tauromaquia permanece altiva siendo uno de los últimos vestigios de momentos civilizacionales y culturales superiores a la mediocridad y el cinismo presente. En los que el respeto a la muerte y el temor de Dios se conjugan con el enfrentamiento con el toro.

lunes, 19 de julio de 2010

Derechos históricos frente a Estatutos: Cataluña por sus fueros.

Modelo de adhesivo de la nueva campaña del carlismo catalán proclamando los verdaderos derechos históricos de Cataluña y de los otros pueblos de las Españas.

El romanticismo vehículo de destrucción de la Tradición

Estatut: Ni los unos ni los otros; Cataluña hispánica y foral

domingo, 11 de julio de 2010

Sabino Arana, inventor del nacionalismo vasco, y la evidencia de la españolidad de Cataluña

(El 22 de Junio de 1902, un año y tres meses antes de morir su periódico La Patria, bajo el título de Grave y Trascendental, aunciaba que Sabino Arana iba a pedir a sus seguidores que abandonaran el nacionalismo y la redacción de un programa del nuevo partido fundado por el mismo Arana, la Liga de Vascos Españolista, convencido y arrepentido de los errores disparatados del nacionalismo vasco. La muerte fustró el proyecto, ocultado porteriormente por el PNV)

Ya antes de esta evolución Sabino Arana hablaba de la evidencia de la españolidad de Cataluña

"Región, o se toma en sentido geográfico o en étnico, o en ambos a la vez. (También se emplea en el sentido político, de porción de un estado, pero pocas veces y no con la mayor propiedad.) Y Cataluña es región de la España geográfica, porque se llama España, en este sentido, toda la tierra que, conquistada por los romanos, recibió de éstos dicho nombre; y Cataluña es parte de esta tierra. Cataluña es también región de la España étnica, porque la familia que la compone es una de tantas familias como integran, con parentesco de sangre, y no político, la gran familia española. Hubo un tiempo en que Cataluña no era parte política de España, ¡claro!, porque entonces España no era un todo político. Pero es que tampoco Castilla era entonces una parte política de España, por la misma razón. ¿Cómo se va a ser parte de un todo que no existe?. En aquel tiempo Cataluña era un estado, un estado político. ¿Puede decirse que fuese un estado independiente de España? En modo alguno, como tampoco de Castilla puede decirse tal...Para que de Cataluña pudiera decirse que fue un estado independiente de España, precisaba que Cataluña no fuese una parte de la España étnica, o que en otra parte de ésta se hubiese constituido en estado con el nombre de España. En este segundo caso sería una la España étnica y otra la política. En resumen : España étnica y geográficamente, es un todo cuyas partes son Cataluña y Castilla; en el orden político, hubo tiempo en que estos nombres éranlo de sendos estados, los cuales, así como otros varios, eran todos estados españoles, como hubo entonces y hay al presente varias legislaciones españolas, varios tipos españoles y varios idiomas españoles, diferenciaciones políticas y étnicas que son específicas tan sólo, como comprendidas dentro de un mismo género: el género español..."

(Sabino Arana. Semanario La Patria nº86, tomado de Páginas de Sabino Arana. Fundador del nacionalismo vasco. Ed Criterio Libros.)

Fotos de las Jornadas formativas de las Juventudes Tradicionalistas.

(Toledo 3 de Mayo de 2010)
(tiempo para las exposiciones y el debate)
(Conferencia del Padre Montes)
(Santa Misa según el rito romano tradicional)

Toledo. Las convivencias de dirigentes masculinos de las Juventudes Tradicionalistas transcurrieron el sábado 1 y el domingo 2 de mayo, en el Convento de los Padres Carmelitas Descalzos en la Ciudad Imperial.

Los asistentes escucharon las exposiciones "Doctrina de la Comunión Tradicionalista: el tetralema, hoy" (J.M. Gambra), "La vocación política" (M. Ayuso), "Organización: orientaciones prácticas" (L. Infante), "La Santa Misa tradicional en la espiritualidad del militante tradicionalista" y "Las dos banderas" (E. Montes, pbro.) y "Técnicas de acción" (J.A. Gallego). Tanto el sábado como el domingo oyeron la Santa Misa según el rito romano de siempre. El rezo del Santo Rosario, los coloquios, comidas y paseos en común completaron el programa.

Se aprovechó la ocasión para hacer llegar la adhesión de todos a S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, Abanderado del Carlismo.

viernes, 2 de julio de 2010

El bienestar: cáncer de toda civilización.

Afirman muchos historiadores que todas las civilizaciones tienen tres etapas que se suceden cíclicamente: Vigor y lucha, plenitud, decadencia. En la etapa de plenitud se consigue el bienestar, al menos en las élites. Se relajan las costumbres, se deja la lucha para los mercenarios. Podemos hablar de una transición desde una etapa masculina a una afeminada. Viene la decadencia con la falta de vigor para defender lo conseguido. Muchas veces acompaña esta etapa el relativismo, el pacifismo, el libertinaje y el hedonismo.

El bienestar ha minado una sociedad y la ha dejado sin fuerzas. Una nueva civilización que vuelve a empezar llena de vigor sustituye a la anterior o la aplasta. El Imperio Romano es el ejemplo más estudiado. También a partir del renacimiento las élites, monarcas y aristocracia, dejaron su función de guerra y lucha para dedicarse a la diversión, la fiesta cortesana y la lujuria sin freno. Fueron defenestrados por la Revolución. En el caso de España, en 1808 el pueblo luchó en forma de guerrillas pero las élites se afrancesaron. Poco después, en la guerra carlista, la aristocracia pacta con la burguesía para quedarse con las tierras de la Iglesia. De momento son las élites las que se han corrompido mientras el pueblo está dispuesto a luchar aunque una parte con ideas equivocadas. Por contra, una vez conseguido el bienestar para la mayor parte de la población ¿Quien estaría dispuesto a dejarlo todo y echarse al monte? Como el joven rico ante Cristo que no está dispuesto a perder sus bienes y seguir a Nuestro Señor en pobreza y trabajos.

Así nuestra lucha se ha reducido a conferencias, artículos y comidas fraternales.También en la Iglesia ha entrado el bienestar y el relajamiento. Cuantos frailes he visto en sillones fumando, bebiendo y viendo la tv. No hay cristianismo sin ascética. Santa Teresa quería virilidad en sus monjas. Otro tanto predicaba Fray Luis de Granada para todo el mundo. Así el bienestar ha destruido nuestro vigor y dejado sin fuerzas. Sólo es posible salvar algo con religiosos de verdadero espíritu ascético y seglares organizados que eduquen a sus hijos lejos del bienestar y en el esfuerzo: la vida sobre la tierra es milicia. Las comunidades rurales fundadas por tradicionalistas son remedio eficaz para este cáncer. Aprendamos de la historia, despertemos y levantémonos a luchar.

Fray Jerónimo