lunes, 31 de agosto de 2009

Acto carlista en Buenos Aires




Buenos Aires, 28 agosto 2009. Cerca de un centenar de personas ha seguido con gran entusiasmo en el Centro de Oficiales de las Fuerzas Armadas el desarrollo del acto "Un caudillo de las Españas: Carlos VII, Duque de Madrid". Organizado por la Hermandad Tradicionalista Carlos VII y por el Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, contó con las intervenciones de Ricardo Fraga, Bernardo Lozier Almazán y Miguel Ayuso.

Las primeras fotos ya están disponibles: Fotos en abierto.

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Los límites a la barbarie y la ficción de catolicismo

“La concepción romana de contemplar en el poder una fuerza que va siendo limitada por el derecho a la medida en que éste la pone al servicio de los ideales de justicia que caracterizan a lo jurídico, es doctrina valedera en todos los tiempos y lugares. Es que la humanidad entera ha reducido su entera historia a la apasionante tarea de domesticar la fuerza bruta del poder con los instrumentos del derecho. No hay época, ni pueblo, ni civilización que escape a tal empeño, el mas noble y el más tenaz emprendido por los hombres. Más todavía: la nota que sirve para distinguir a las sociedades humanas de las sociedades animales, la que impide a las sociedades humanas caer en la tristeza socialista del enjambre o del hormiguero, es atenazar a la fuerza con la ley; es que la moral, que nos llega en la ley natural merced a la razón que es exclusiva del ser humano, domeñe las brutalidades del instinto…Es que el poder, fenómeno político anterior al derecho, se justifica cuando sirve al derecho”.

(Francisco Elías de Tejada)

Este es el signo de toda la historia del occidente cristiano: la pugna del poder político y del poder económico por librarse de la tutela del poder espiritual, encarnado por la Iglesia. Y a la vez el esfuerzo de esta por limitar los excesos de uno y otro. Esta pugna es la clave de las vicisitudes de la cristiandad.

El poder espiritual, custodio de la ley natural, en armonía con el poder político engendró una civilización, síntesis magistral de fe y razón. Era el occidente cristiano.

Este equilibrio siempre inestable por las pretensiones de zafarse de los límites de la razón y la fe por las fuerzas puramente naturales, quiebra definitivamente con la reforma protestante. El luteranismo escinde naturaleza y gracia, dejando sueltas las fuerzas instintivas políticas y económicas. El luteranismo muestra su rostro disolvente al destruir todos los diques y frenos al poder político y económico ,mostrándose profundamente revolucionario como agente secularizador del occidente cristiano.

Será precisamente en la naciente Europa protestante donde se gesten las monarquías absolutas (poder político no limitado) y los gérmenes del capitalismo, hijo directo del calvinismo (fuerza económica sin límites). Y será precisamente en esa Europa secularizada por el protestantismo, donde se verá nacer las ideologías modernas.

Dice el P. Leonardo Castellani que la frase de Rousseau que es el núcleo de toda la doctrina liberal es. “!Déjeme en paz!”…y continua “Esa obsesión de la libertad propia de un loco vino a servir maravillosamente a las fuerzas económicas que en aquel tiempo se desataron; y al poder del Dinero y de la Usura, que también andaban con la obsesión de que los dejasen en paz. Los dejaron en paz: triunfaron sobre el alma y la sangre, la técnica y la mercadería; y se inauguró en todo el mundo una época en que nunca se ha hablado tanto de libertad y nunca el hombre ha sido en realidad menos libre”.

Poder político y fuerzas económicas, siempre con la pretensión de que se “les deje en paz”, esa es la esencia del liberalismo, consagrada por la fractura teológica de la escisión entre naturaleza y gracia del luteranismo.

El mismo P. Castellani escribe: “El protestantismo fue arrojado de Austria, Italia, España y Francia en el siglo XVI gracias a los esfuerzos del Imperio Romano Germánico de Carlos V. Pero entró en esos países en el siglo XVIII y XIX disfrazado con el bello nombre de liberalismo…El liberalismo, con los falsos dogmas de sus falsas libertades, es un protestantismo larvado y un catolicismo adulterado. Eso es lo que ha debilitado política y socialmente a las naciones católicas de Europa: la ficción del catolicismo”

La ficción del catolicismo, es decir un catolicismo liberal, burgués que ha renunciado a su doctrina social, repetidamente enseñada por los Pontífices. Un catolicismo hueco, totalmente desnaturalizado y ajeno a su secular tradición. Un maridaje antinatural de catolicismo y liberalismo en el que muchos están empeñados, en su intento (condenado por los Papas) de reconciliar a la Iglesia con el mundo moderno.

El último episodio de este lamentable proceso es el llamado”modernismo católico”, que hoy infecta por todas partes a la Iglesia y a su teología. Intento de reducir al catolicismo a la esfera de lo privado, de la conciencia individual. Resultado final de la máxima liberal-católica “de una Iglesia libre en una sociedad libre”.

Una Iglesia, en suma, sin “lugar temporal” (como bien ha señalado Benedicto XVI en Spe Salvi ) renunciando a su secular misión de fecundar las sociedades, de limitar las fuerzas instintivas humanas, de crear civilización y de frenar la barbarie. Renunciando, en una palabra, a ser “poder espiritual”, para ser el mero “modulador del sentimiento religioso”.

Triste camino de esta “ficción de catolicismo”. De esta “herejía moderna” en palabras de Hilaire Belloc.

No estará de más recordar la doctrina tradicional católica sobre los límites morales a las fuerzas económicas, para poder evidenciar el patente contraste con ese catolicismo-liberal tan en boga en ciertos ambientes “sanamente conservadores” de aduladores y sostenedores de una derecha liberal-burguesa de “inspiración cristiana”:

En 1745 dice Benedicto XIV en su Encíclica Vix pervenit:

«El pecado llamado usura se comete cuando se hace un préstamo de dinero y con la sola base del préstamo el prestamista demanda del prestatario más de lo que le ha prestado. En la naturaleza de este caso la obligación de un hombre es devolver sólo lo que le fue prestado».

El Catecismo Romano del Concilio de Trento lo había expresado aún más sencillamente:

«Prestar con usura es vender dos veces la misma cosa, o más exactamente vender lo que no existe»

jueves, 20 de agosto de 2009

Contra el laicismo: Estado Católico

LA AMBIVALENCIA DE LA LAICIDAD Y LA PERMANENCIA DEL LAICISMO: LA NECESIDAD DE RECONSTITUIR EL DERECHO PÚBLICO CRISTIANO

MIGUEL AYUSO

1. De nominibus non est disputandum? o Res denominatur a potiori?

Laicismo y laicidad. Dos términos emparentados. Con significados, por lo mismo, entrelazados. El primero, lo denota el sufijo “ismo”, ligado a una ideología. Una ideología, la liberal, basada en la marginación de la Iglesia de las realidades humanas y sociales. En efecto, el naturalismo racionalista puesto por obra en la Revolución liberal, y condenado por el magisterio de la Iglesia, recibió entre otros el nombre de laicismo. El segundo, relacionado en su inicio con una situación generada por esa ideología en la Francia del último tercio del ochocientos. Así pues, laicismo y laicidad como términos que expresan un mismo concepto.Hoy, en cambio, parece que hay sectores interesados en contraponerlos. Principalmente el “clericalismo” (tomando el término en el sentido que le daba Augusto del Noce , esto es, la subordinación del discurso político e intelectual católico al dominante en cada momento) y la democracia cristiana. El laicismo agresivo se diferenciaría, así, de la laicidad respetuosa, y la pareja “laicismo y laicidad” se interpretaría disyuntivamente como “laicismo o laicidad”. Pero, ¿resulta fundada una tal oposición? ¿O más bien es dado hallar en la misma un simple matiz entre dos versiones de una misma ideología? Un indicio, entre muchos, y de singular relevancia, nos conduce hacia esta segunda posibilidad: la protesta que hacen los secuaces de la laicidad de respetar la “separación” entre la Iglesia y el Estado, con el consiguiente rechazo de la tesis del Estado católico. Ahora bien, la Iglesia no puede (sin traicionar su misión) dejar de afirmar que hay una ley moral natural, que Ella custodia, y a la que los poderes públicos deben someterse . Esto es, el núcleo del Estado (que no es el Estado moderno sino la comunidad política clásica) católico, de lo que se llama con terminología de origen protestante la “confesionalidad del Estado”, y –con denominación tradicional que presupone una mayoría sociológica– “unidad católica” .Cuando se afirma que “ninguna confesión (religiosa) tendrá carácter estatal” –según hace, por ejemplo, el artículo 16 de la Constitución española– podría pensarse que no se ha salido del ámbito de esa tesis tradicional, ya que el Estado católico lejos de estatalizar la religión, se somete a su invariante moral del orden político . En la práctica, sin embargo, lo que se está postulando es el agnosticismo político, que no puede sino concluir exigiendo la sumisión de la Iglesia (previo olvido de su misión de garante de esa ortodoxia pública) al Estado: la “laicidad del Estado” siempre termina en la “laicidad de la Iglesia” , esto es, en la pretensión de que ésta renuncie a su misión y se limite a ofertar su “producto” (pura opción) dentro del respeto de las reglas del “mercado”. Esta ha sido siempre la lógica de la laicidad, pero que ahora –pasado el momento fuerte de las “religiones civiles”– se evidencia con toda claridad. Por lo mismo, ante la falsa oposición entre laicismo y laicidad debe proclamarse que “ni laicismo ni laicidad”.

2. Al principio... Non est potestas nisi a Deo.

Sin embargo, no siempre se produjo la confusión de hoy. No es del caso trazar la historia de las relaciones entre religión y política . Pero quizá sí lo sea recordar la constante de su vinculación recíproca y también el carácter moral de las instituciones y del poder político. Éste no es simple fuerza, sino que viene modalizado por su dimensión humana y moral . Tanto en su origen, pues no hay poder que no venga de Dios, como en su ejercicio, ya que se orienta al fin de –disciplinando las relaciones entre los hombres en sociedad– permitir que éstos sean más plenamente hombres. De ahí se deduce la exigencia (moral y aun religiosa) de obedecer los dictados del poder, cualquiera que sea el gobernante, pero también la posibilidad de desautorizarlo (en principio en cuanto a actos singulares, pudiendo llegar incluso a la resistencia y, en la escuela española, al tiranicidio) cuando deja de orientarse a su finalidad .Igualmente, ese fundamento religioso del origen y ejercicio del poder no elimina su autonomía. En puridad esto ha ocurrido siempre, en el seno de cualquier civilización, pues la teocracia (por lo demás desconocida en el mundo cristiano pero no en otros universos culturales) no deja de ser un doble “truco” para disimular que en realidad Dios no gobierna directamente el mundo, sino por medio de causas segundas, y que hacer del gobernante el oráculo de Dios destruye la acción humana como libre y responsable, presidida por la virtud de la prudencia . Sin embargo, aunque la autonomía del poder temporal respecto del espiritual se pueda encontrar en el fondo de cualquier civilización, cuando se acierta a destapar –como se ha visto– el truco mendaz de la teocracia, su articulación más plena pertenece sólo al cristianismo. Éste conoce cosas de Dios y cosas del César. Éste exige también la Iglesia, distinta –a lo largo del tiempo– del Imperio, de los reinos y del Estado, constituida en autoridad que limita las potestades temporales. Así pertenece en exclusiva al cristianismo la existencia de un ámbito profano, laico, “distinto” pero no “separado” del ámbito religioso . Lo que se conoce como el régimen de Cristiandad articula esa dualidad, armónica y convergente más que polémica, aunque no exenta de conflictos, causados de sólito por la pretensión del poder temporal de arrogarse el derecho de definir la verdad (propio de la autoridad) o, en otras ocasiones, por el envilecimiento de ésta al conducirse como un poder. El cuadro de la Cristiandad, con sus luces y sus sombras, es de –en la famosa descripción leonina– la dichosa edad aquella en que la filosofía cristiana gobernaba las comunidades .

3. El Estado moderno y sus transformaciones: la puesta en plural del pecado original y la doctrina social de la Iglesia como contestación cristiana del mundo moderno.

Esta autonomía de lo temporal, tras el surgimiento del Estado, sufrirá una inflexión. El Estado, que es un orden territorial cerrado, nació para poner fin a las guerras de religión, de las que el mundo hispánico se vio libre por su unidad católica, de modo que se asentó como instancia de neutralización, indiferente ante las religiones. Pero, por otra parte, la Reforma protestante puso en marcha un proceso de secularización cuyas fases se han ido apurando hasta llegar a la situación presente . Primero independizando el orden humano del divino y dejando la religión como puro elemento político: cuius regio, eius et religio. Después poniendo el fundamento de la comunidad de los hombres en la voluntad humana, verdadera puesta en plural del pecado original . Más adelante, separando las distintas formas de la sociabilidad humana del influjo religioso, alcanzando –finalmente– hasta la propia familia en tal empeño .La cuestión teológica y moral se hace política, social y familiar. De ahí el surgimiento de la doctrina social y política de la Iglesia stricto sensu(lato sensu es muy anterior), pues conforme la herejía se va tornando política y social, la respuesta a la misma ha de desenvolverse en ese orden: por eso el magisterio eclesiástico haya tenido en la edad contemporánea el carácter diferencial de ocuparse, de un modo inusitado en siglos anteriores, de cuestiones de orden político, cultural, económico-social etc. La doctrina social de la Iglesia aparece, por lo mismo, vinculada a la teología, y más concretamente a la teología moral, lo que la separa tajantemente de ideologías y programas políticos. Brota de formular cuidadosamente los resultados de la reflexión sobre la vida del hombre en sociedad a la luz de la fe y busca orientar la conducta cristiana desde un ángulo práctico-práctico o pastoral, por lo que no puede desgajarse de la realidad que los signos de los tiempos imponen y que exige una constante actualización del “carisma profético” que pertenece a la Iglesia. En consecuencia, concierne directamente a la misión evangelizadora de la Iglesia, ofreciéndonos todo un cuerpo de doctrina centrado en la proclamación del Reino de Cristo sobre las sociedades humanas como condición única de su ordenación justa y de su vida progresiva y pacífica.En puridad tal doctrina no es meramente reactiva, sino afirmativa, aunque incorpore elementos de rechazo del mundo moderno, por lo que converge con la doctrina y las acciones denominadas contrarrevolucionarias, esto es, opuestas a la Revolución, entendida ésta como acción descristianizadora sistemática por medio del influjo de las ideas e instituciones . De consuno, pues, la filosofía política contrarrevolucionaria y la doctrina social de la Iglesia han consistido en una suerte de “contestación cristiana del mundo moderno”. Hoy, no sé hasta qué punto su sentido histórico –el de ambas, aunque de modo distinto– está en trance de difuminarse, pero en su raíz no significó sino la comprensión de que los métodos intelectuales y, por ende, sus consecuencias prácticas y políticas, del mundo moderno, de la revolución, eran ajenos y contrarios al orden sobrenatural, y no en el mero sentido de un orden natural que desconoce la gracia, mas en el radical de que son tan extraños a la naturaleza como a la gracia.

4. La ruina espiritual de un pueblo por efecto de una política.

De ahí que se pueda afirmar como moralmente cierta, sin caer en confusión de planos o incurrir en una interpretación errónea de lo que pertenece al Evangelio y a la vida cristiana, la conexión entre los procesos políticos y la descristianización que se ha producido en los últimos siglos, especialmente en los últimos decenios, de modo singular en España: “Precisamente porque aquel lenguaje profético del Magisterio ilumina, con luz sobrenatural venida de Dios mismo, algo que resulta también patente a la experiencia social y al análisis filosófico de las corrientes e ideologías a las que atribuimos aquel intrínseco efecto descristianizador. Lo que el estudio y la docilidad al Magisterio pontificio ponen en claro, y dejan fuera de toda duda, es que los movimientos políticos y sociales que han caracterizado el curso de la humanidad contemporánea en los últimos siglos, no son sólo opciones de orden ideológico o de preferencia por tal o cual sistema de organización de la sociedad política o de la vida económica (...). Son la puesta en práctica en la vida colectiva, en la vida de la sociedad y de la política, del inmanentismo antropocéntrico y antiteístico" .Por eso se ha hablado de “la ruina espiritual de un pueblo por efecto de una política”. Sin embargo, no puede obviarse que tal política, en el caso español objeto de examen, y aun en una consideración más universal, fue no sólo avalada sino en algún modo incluso impulsada por el Vaticano, que estaría en el origen de esa política que habría producido la ruina espiritual de nuestro pueblo.La trayectoria histórica de España en relación con la presencia socialmente operante de la fe católica ha presentado, sin duda, caracteres especiales en la Edad moderna, ligados a la identificación de España con la Cristiandad decadente, a la que sucede tras la expansión americana en una suerte de christianitas minor que prolongó el primado de la Iglesia cuando en el “concierto europeo” comenzaba a imponerse el primado del Estado (moderno). En la Edad contemporánea, por su parte, la revolución liberal, tras la senda de la –entre nosotros– excepcional heterodoxia del dieciocho, introdujo una herida en esa cristiandad de residuo, dejando sólo una christianitas minima, la del pueblo tradicional en combate –bélico con frecuencia– contra la pretensión de fundar un “orden” neutro, coexistente, sin referencia a la comunidad de fe y prescindente de la unidad católica . Varias veces derrotada, pero nunca vencida definitivamente, rebrotará en el siglo XX en la ocasión singular de la guerra de 1936-1939 y sólo parecerá secarse con los cambios del desarrollismo tecnocrático de los sesenta y, sobre todo, tras el cambio constitucional que implicó un fugaz éxito de la aconfesionalidad, con la “nueva laicidad”, esto es, la que no se alza contra la Iglesia sino que la ha penetrado hasta el punto de asumir la “separación” del orden temporal y del religioso. La nueva laicidad no es otra que el viejo laicismo, en versión postmoderna, en el fondo radicalizada por su carga disolvente, y que ha invadido a la propia Iglesia. Así, el arbusto se ha convertido en un gran árbol cuya sombra llega a donde nunca se hubiera sospechado .

5. Las incoherencias de la predicación actual y la reedificación del derecho público cristiano.

Por ello, en la coyuntura presente el gran asunto es el que un gran obispo español acertó a cincelar en una frase no complaciente: “Iglesia y comunidad política: las incoherencias de la predicación actual descubren la necesidad de reedificar la doctrina de la Iglesia”.Juan Pablo II, en uno de los últimos actos de su pontificado, dirigió una carta a los obispos franceses en el centenario de la Ley francesa de separación de la Iglesia y el Estado, de 1905, condenada por san Pío X en Vehementer nos(1906). En la carta comienza afirmando, por el contrario, que “el principio de la laicidad, al que vuestro país se halla tan ligado, si se comprende bien, pertenece a la doctrina social de la Iglesia”. Frase equívoca, máxime si se tiene en cuenta que se dirige a los obispos de Francia en ocasión de una ley francesa. Pero la ambigüedad se prolonga acto seguido, a través del recordatorio “de la necesidad de una justa separación entre los poderes”. Pues, por vez primera, no es la “distinción” entre los poderes la que se reclama, sino la “separación”. Equívoco agravado por el hecho de que la ley de 1905 llevaba en su rúbrica precisamente el término “separación. Finalmente, la carta da un paso más, al establecer que “el principio de no-confesionalidad del Estado, que es una no-inmisión del poder civil en la vida de la Iglesia y de las diferentes religiones, como en la esfera de lo espiritual, permite que todos los componentes de la sociedad trabajen al servicio de todos y de la comunidad social”.Así pues, no salimos de la ambigüedad en ese terreno. Con graves consecuencias. Pues la Iglesia no acierta a reafirmar el derecho público cristiano.

CAMPAÑA CONTRA EL LAICISMO

domingo, 16 de agosto de 2009

Educación y juventud del Sistema

Reproducimos un artículo del número 221 (mayo-junio 2009) de Tradición Católica, revista de la Hermandad de San Pío X en España. Su autor es el Profesor José Miguel Gambra, presidente del Círculo Cultural Antonio Molle Lazo y Jefe de la Secretaría Política de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón

Excelencia educativa

"¿Hijo, qué quieres ser de mayor? Pues... hijo, papá". Así ironizaba sobre su vástago un camarero entrado en años que hablaba, hace unos días, con su compañero mientras servía la barra. "Ahora --prosiguió-- 'me se' va con la novia diez días a Mallorca. ¡Cómo viven estos chicos!"

Estos chicos, sin privarse de ningún placer adulto, prolongan indefinidamente la dependencia de sus padres y se gastan lo que ganan en coches, ordenadores, cadenas de música y diversiones. Estos chicos siguen con juegos de niños hasta los dieciocho años y, hasta los treinta, se pasan buena parte del día entretenidos con Internet y con la televisión. A los treinta y cinco, siguiendo el modelo de la serie Friends, tienen todavía pandillas. "Son mis amigos, por encima de todas las cosas", dice una famosa cancioncilla, con dejes de blasfemia. Y a los cuarenta, empiezan a plantearse el futuro, ante el probable óbito de sus progenitores: se compran un piso de una sola habitación, y todo lo demás sigue igual.

Estos chicos --y no tan chicos-- se divierten, y mucho, cosa que no tiene nada de nuevo. Lo nuevo es que, cuando pierden su tiempo en juergas y pasatiempos, no hacen, como en otro tiempo, algo de más, sino algo de menos. Se juntan, se aman, ven películas, oyen música, se emborrachan o fuman hachís como con desgana y aburrimiento. No lo hacen porque les desborde la fuerza vital de sus pasiones, sino porque les falta fuerza para pensar. Estos chicos ni siquiera son transgresores de normas y costumbres, porque la única norma que conocen es que no hay normas, lo único que creen es que nada es digno de crédito, de lo único que están convencidos es de que nada es verdad. Es decir, estos chicos son escépticos, pero no por exceso de crítica, sino por ausencia de pensamiento. En argot: son pasotas.

Estamos hechos para pensar, esto es, para conocer la realidad, que nos asalta con preguntas y evidencias intranquilizadoras. Pero pensar es doloroso, los datos son molestos y la realidad verdaderamente latosa. Por eso, hace falta mucho instrumento de diversión, mucha conexión con amigos por Internet, mucha repetición de máximas televisivas y, cuando esto no basta, mucho alcohol o suficiente droga para no pensar. Es necesario todo eso en grandes dosis para responder, siempre que se presenta un problema moral, político y religioso: "eso depende", "cada uno ve las cosas a su manera" o "yo paso de esos malos rollos, tío".

Estos chicos ¿de dónde han salido? De nuestro sistema de educación estatal. Lentamente, a base de sucesivos empujones y codazos el Estado Español, ese gran culpable, ha ido arrinconando la educación religiosa y familiar hasta monopolizar, más, mucho más que en otros países, la educación. Desde los ideales ilustrados contra el analfabetismo, hasta los planes de Villar Palasí, las Logses, las Loes, las Lous y todo ESO, pasando por estatismo educativo de Franco (que, por cierto, las jerarquías eclesiásticas admitieron sin chistar), la maquinaria estatal no ha hecho más que engullir todo el control de la enseñanza. Controla la edad de ingresar obligatoriamente en la educación, su duración y contenidos; controla que los listos no destaquen (por eso no pueden aprender a leer antes de los cinco años) y que los otros no se retrasen y, por ello, se les pasa de curso, hayan aprobado o no. Controla la ideología y los métodos de enseñanza, los castigos, los manuales, los exámenes y la preparación de los profesores. Controla el tamaño de los colegios, el de las aulas, el número de cursos y de alumnos por clase, de metros de patio, de gimnasio y de horas de clase, y de todo cuanto se les pueda ocurrir. Controla todo menos lo que debiera, a saber, que no haya bachilleres que no sepan escribir y que no haya profesionales incapaces en las carreras puramente civiles.

Las instituciones educativas se han convertido en grandes establos, de régimen cerrado en el caso de colegios e institutos, de régimen abierto en el caso de las universidades. Su fin ya no es educar, es decir, hacer hombres de bien capaces de enjuiciar cualquier asunto, como decía Aristóteles, sino mantener fuera de las calles a los alumnos y "socializarles", es decir, adoctrinarles en el relativismo democrático e igualar a todos en la ignorancia. No hablaré de las humillaciones que sufren los profesores. En breve tendrán que dar clase detrás de una urna de cristal acorazado y el orden será mantenido por la policía, como ya va a suceder en Francia. De los conocimientos sólo contaré que en 2º de Bachillerato, justo antes de entrar en la universidad, pregunté quien era anterior, Carlomagno o Alejandro Magno ¡y ninguno lo supo en toda una clase!.

Dado tan clamoroso fracaso ¿facilita el estado la educación privada o la educación eclesiástica? Nada de eso. Ni hace, ni deja hacer. No permite la enseñanza en casa. Para fundar un colegio no concertado, hay que empezar por poner alrededor de ocho millones de euros sobre la mesa. No digamos para una universidad. En Francia, cuna del estatismo educativo, los alumnos pueden estudiar a distancia y basta con una casa, y poco más, para hacer un colegio. He conocido una universidad tradicionalista en París, que expide títulos reconocidos por la Sorbona, y cuyos locales se reducen a dos o tres pisos de un edificio. Aquí no: la constitución declara la libertad de enseñanza, pero el estado pone tales exigencias materiales para que se establezca un colegio o una universidad, que ninguna asociación que no sea muy poderosa puede ni siquiera planteárselo.

Los informes Pisa, los de la OCDE y de otros organismos internacionales, han puesto recientemente en la picota el sistema educativo español como uno de los que están a la cola de los países desarrollados. Algunos, desde la perspectiva del estado de derecho democrático se han llevado las manos a la cabeza. Por ejemplo Pérez-Reverte, con la delicadeza que le caracteriza, ha puesto de vuelta y media a Zapatero (al cual llama imbécil) y a sus ministros y ministras (cuya madre no se olvida de mentar), porque las sucesivas reformas socialistas --no menos que las del PP-- han dado como resultado la ignorancia supina, la incapacidad de comprender el mundo, en que se halla sumida buena parte de nuestra juventud.

Pues bien, no estoy de acuerdo. Desde el punto de vista democrático, es un craso error calificar de desastrosa la educación pública española. Para verlo basta remontarse a Rousseau, padre doctrinal de la democracia, con su Contrato Social y padre, a la vez, de la pedagogía moderna, con su Emilio. Una cosa es complementaria de la otra. El pacto social conlleva que "cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general". Si una voluntad particular se niega, por disconformidad, a obedecer a la voluntad general, es lícito someterla por la fuerza. Con ello, según dice Rousseau, se obliga al ciudadano a ser libre, pues sólo la constitución de la voluntad general impide que estemos sometidos a una voluntad de otra persona. La voluntad personal pasa, en lo que se refiera a los asuntos públicos, a ser voluntad general, que, de hecho, se identifica con la voluntad del que ha sido votado. En nuestro caso con la voluntad del Sr. Rodríguez y su corte de los milagros.

Ahora bien, cuando se ha amputado la voluntad personal en lo que a las cuestiones sociales se refiere; cuando todo el interés por los asuntos comunes, o por la patria, se puede plasmar solamente en el voto a partidos e individuos que harán lo que les venga en gana; cuando todo eso sucede --digo-- es necesario lobotomizar también la inteligencia sobre tales temas. Si se dejara que los españoles fueran educados en el sentido clásico de la palabra, es decir, si pudieran tener una concepción del mundo razonable, que les habilitara para juzgar sobre el bien y el mal en temas de política y en cualquier otro, su sufrimiento sería insoportable y resultarían, además, difícilmente gobernables. Al que le cercenan un órgano le anestesian; lo mismo debe hacerse con el que ha cedido su capacidad decisoria sobre sus deberes más importantes. Otra cosa sería crueldad. Los ciudadanos de una democracia sólo deben tener los conocimientos necesarios para la producción; deben limitarse a la profesión que les permite ganarse la vida y pagar los impuestos. Sobre todo lo demás, tienen que estar convencidos de que no cabe conocimiento seguro, y de que todo es cuestión de un gusto que queda a discreción de los representantes de la voluntad general.

Por eso, según dice Rousseau en el Emilio, la educación del niño individual deberá "ser puramente negativa, la cual no consiste ni en enseñar la virtud ni la verdad, sino en librar de vicios el corazón y el espíritu del error". ¿A qué se refiere con eso del vicio y del espíritu de error? Pues a los conocimientos que van más allá de lo que necesita en su vida personal, es decir, a los conocimientos filosóficos y a los que proporciona la Revelación. "Son los filósofos con su preceptos, los sacerdotes con sus exhortaciones los que envilecen" el corazón del niño, dice Rousseau. La enseñanza tiene como finalidad evitar las preocupaciones sobre el futuro, que nacen de la metafísica, de la religión y de la moral: "Si pudierais no hacer nada, ni dejar hacer nada, si lograrais tener sano y robusto a vuestro alumno hasta la edad de doce años, sin que supiera distinguir su mano derecha de la izquierda, desde vuestras primeras lecciones se abrirían lo ojos de su entendimiento a la razón, sin baches ni preocupaciones". Porque así disfrutará de la vida, sin que las teorías y religiones la ensombrezcan. "Padres --recomienda Rousseau--, tan pronto como puedan vuestros hijos gozar del placer de la existencia, haced que disfruten de él, y cuando les llegue la hora en que Dios los llame, no mueran sin haber disfrutado de la vida".

Vista desde la genuina doctrina de la democracia, la educación pública española es un éxito sin precedentes: tras un larguísimo período de instrucción, que se extiende hasta los veinticinco años, los discentes han aprendido a manejar, con más o menos pericia, unos instrumentos de producción y, sobre todo, han aprendido que nada más puede aprenderse. Se ha logrado que los alumnos no distingan la derecha de la izquierda, no ya hasta los doce años, como dice Rousseau, sino hasta la edad de jubilación. La inmadurez e inconsciencia del adolescente se junta con la recaída en la infancia del anciano. No sólo se les ha extirpado la voluntad particular en beneficio de la voluntad general, sino que se ha completado la operación con la ablación de toda concepción del universo que les permita juzgar con independencia de la voluntad general. Y si usted, amigo lector, duda que sea excelente tal educación, es porque se obstina en conocer, en creer y en desear el bien; es porque, en el fondo, todavía no es usted un demócrata.

lunes, 10 de agosto de 2009

METERSE EN POLÍTICA.




Mensaje y doctrina de un Santo obispo para nuestros Obispos españoles actuales:


“¿Por qué ha de ser meterse en política condenar lo que los Papas han condenado como rebelión contra la voluntad de Dios en el orden religioso?. ¿Por qué ha de ser meterse en política enseñar lo que ellos enseñan? ¿Quién ha hecho a los liberales maestros del pueblo cristiano para que enseñen y decidan en esas cuestiones?. Con sólo saber y sólo fijarnos en que el liberalismo es una rebelión en el orden religioso tenemos lo bastante para condenarlo y gritar contra él, sin que se nos pueda decir la gran tontería, ya vieja y gastada, de que nos metemos en política…Obligados estamos a clamar contra el liberalismo, como lo estamos a clamar contra otra doctrina cualquiera condenada por la Santa Iglesia. Si a esto lo llaman meterse en política, hay que saber que nos tenemos que meter forzosamente, porque forzosamente tenemos que condenar lo que la Iglesia condena, so pena de faltar a nuestro deber y no cumplir con la misión que el cielo nos ha confiado”.


(San Ezequiel Moreno. Carta Pastoral, Pasto 28 agosto 1896)


“…!Viva Dios!, pues en las naciones, en los pueblos, en las familias, en los individuos, ¡Viva Dios! En los Gobiernos, en los Congresos, en los Tribunales de Justicia, en las Academias, Universidades, Colegios y Escuelas. ¡Viva Dios! En la legislación, en los usos, en las costumbres, en los templos, en las calles, en el campo, en el mar, en todo y en todas partes. ¡Viva Dios!...!Viva Dios!, podemos exclamar contra los que quieren hacerlo igual o de peor condición que a Mahoma o Confucio, proclamando la libertad de cultos en su más generosa amplitud, como se proclama en el Manifiesto del Partido Liberal de estas tierras. ¡Viva Dios!, pueden pronunciar nuestros labios contra todos los que quieren prescindir de El, creyendo que la solución del problema religioso es la separación de la Iglesia y el Estado, como lo creen los liberales que dieron y defienden el dicho Manifiesto. ¡Viva Dios!...”


(San Ezequiel Moreno. Instrucción Pastoral. Pasto 24 de Julio 1899)

canonizado el 11 de Octubre de 1992 en Santo Domingo con ocasión del V centenario de la evangelización de América, por el Santo Padre Juan Pablo II

Artículos relacionados en EL BRIGANTE:
http://www.elbrigante.com/2009/08/sobre-la-herejia-del-siglo-xx-y-del-xxi.html

http://www.elbrigante.com/2009/07/el-olvido-de-la-doctrina-social.html

De lectura imprescindible.

sábado, 8 de agosto de 2009

El liberalismo protestante en la génesis de las plutocracias actuales

“En Inglaterra, en cambio, el poder fue a parar a una oligarquía de comerciantes whigs que desplazaron a los terratenientes tories. Estos comerciantes se habían enriquecido con las compañías de Indias orientales y occidentales. Tras el Tratado de sucesión de 1715, se enriquecieron durante décadas obteniendo el monopolio de la compra de esclavos en Guinea y la venta en las costas de Savannah, en el sur de los Estados Unidos, o en Cartagena de Indias. Los ingleses monopolizaron la trata de negros hasta que se les ocurrió prohibirla. Paradójicamente obtubieron la fama de combatir el comercio de esclavos negros (¡).

Este enriquecimiento fundado en la trata de negros y en el comercio a través de las compañías de Indias, les permitió a los terratenientes cercar sus fincas con un sistema que en realidad era un robo legal contra el derecho consuetudinario: la enclouse (la cerca). Por derecho consuetudinario, las tierras no cultivadas, sino de pasto, podían ser pastoreadas por cualquier rebaño vecino, de modo que los campesinos pobres llevaban sus ovejas a los prados de los lores. Esto era así, además, porque los rebaños del lord no consumían todo el pasto. Había pasto suficiente para sus rebaños y para el de los vecinos más pobres. Los ricos cercaron sus fincas y abocaron a la miseria a los propietarios pobres, que tuvieron que malvender sus fincas. Así crecieron las tierras de los whigs , aquellos liberales protestantes enriquecidos con el mercado de los esclavos y el comercio de Indias. Esta oligarquía whig fue la que construyó aquellos palacios del siglo XVIII de ladrillo rojo y que ostentaba criados, caballos y carrozas. Se habían enriquecido “vendiendo cuerpos y almas de hombres”, como dice el Apocalipsis hablando de Babilonia (Ap.18,13); y como anuncia el profeta Isaías: “agregando campo a campo…hasta quedaros como únicos dueños del país” (Is.5,8). Los land lords, señores de la tierra, llegaron a serlo porque ahogaron con sus cercas a los campesinos pequeños. Inglaterra llegó a ser un país latifundista, creado por una oligarquía whig liberal que arruinó a la gentry tory (la pequeña nobleza campesina). Por eso la Cámara de los Lores era liberal, y sólo quedaban conservadores en la Cámara de los Comunes…

Por eso muchos historiadores afirman-entre ellos nuestro Donoso Cortés- que Inglaterra no era una monarquía, sino una oligarquía representada monárquicamente y que, por ello mismo, fue el señuelo de todas las monarquías constitucionales…En Inglaterra después de la revolución de 1688, el poder del dinero se reviste de forma monárquica. La oligarquía liberal está representada en forma de monarquía con su Iglesia establecida, como “defensora de la fe”. Inglaterra es, a finales del XVII, un país definitivamente protestante que tiene como dirigentes de apariencia nobiliaria a los ricos negociantes que están comerciando en toda la Tierra.

Está es la tesis de Sombart en Lujo y capitalismo, tesis que confirman todas las historias económicas al constatar la importancia del comercio suntuario, el sustento inicial que el colonialismo da a la revolución industrial en Inglaterra, que no habría sido posible sin esta financiación previa.

Todo esto tiene mucho que ver con la descripción que hace San Juan en el Apocalipsis sobre Babilonia. Más aún me parece pasmosamente literal de tal descripción. Me inclino a reconocer que es lícito tomar el término Babilonia en sentido espiritual, siempre que no divaguemos y veamos cómo este orgullo de la riqueza y la soberbia mundana funciona por los cauces por donde lo hacen normalmente la soberbia de este mundo y el poder político. Estos cauces son el comercio, el lujo, la ostentación, la compra de conciencias y la corrupción que subsigue a la exhibición ostentosa de la riqueza y del lujo, fuente de toda corrupción, según nos dice san Ignacio y según demuestra la historia.”

(Francisco Canals Vidal. “Mundo histórico y Reino de Dios”. Ed Scire)

domingo, 2 de agosto de 2009

¡RECORDAD NUESTRO DEBER!


"Por eso, si llegara un día en que la Revolución se desencadenara sobre Europa, y singularmente sobre España, y el jacobinismo de los poderes oficiales imperase y llegara a trascender a las leyes, y quisiera imponerse a las constumbres, y avasallar y dominar las familias y las conciencias españolas, entonces, tradicionalistas, ¡recordad vuestro deber! Nosotros no somos una escolta aparatosa exclusivamente destinada a ir, en grander paradas, detrás de la Custodia; nosotros somos un ejército de cruzados, que tenemos la obligación de regar con nuestra sangre el suelo por donde marcha; y si llegaran días tan aciagos, si llegaran días de combate tan terrible, nosotros afirmamos que la Revolución no se apoderará de esa Custodia sin que ella llegue a flotar sobre un lago de sangre tradicionalista; y cuando la tierra empape esa sangre, la Custodia quedará incólume, como emblema y coronamiento de una sociedad cristiana y de una Monarquía restaurada."

(Juan Vazquez de Mella. "Filosofía de la Eucaristía")